Sáhara Maratón: Crónica de una semana en el corazón del desierto

 

Sáhara Maratón: Crónica de una semana en el corazón del desierto


Introducción
El Sáhara Occidental es uno de esos lugares que existen en los mapas pero que rara vez ocupan espacio en la conciencia del mundo. Durante décadas fue colonia española, un territorio vasto y desértico donde el Atlántico se encuentra con el infinito de la arena. Sin embargo, en 1975, cuando España abandonó la región tras la presión de la llamada Marcha Verde organizada por Marruecos, el territorio quedó atrapado en una disputa política que aún hoy continúa sin resolverse.
La población saharaui quedó dividida. Muchos permanecieron en el territorio ocupado por Marruecos. Otros emprendieron un éxodo hacia el este, cruzando el desierto hasta Argelia, donde desde hace casi medio siglo sobreviven en los campamentos de refugiados de Tindouf. Allí, en medio de una de las regiones más inhóspitas del planeta, surgió en 2001 una iniciativa singular: el Sáhara Maratón.
La carrera atraviesa los campamentos de refugiados y tiene un propósito que va mucho más allá del deporte. Es una forma de visibilizar la causa saharaui, de atraer cooperación internacional y de permitir que personas de distintos países conozcan de primera mano la vida en el exilio.
En febrero de 2026 tuve la oportunidad de participar en la prueba reina: la maratón.
Lo que comenzó como un viaje deportivo terminó siendo una experiencia mucho más profunda. Una inmersión en la vida cotidiana de un pueblo que lleva décadas esperando regresar a su tierra.
 
20 de febrero de 2026
Todo empezó temprano. A las 08:30 de la mañana tomé el ferry que une Ceuta con Algeciras. El Estrecho de Gibraltar amanecía tranquilo, con ese aire húmedo y salado que siempre acompaña a los puertos del sur. Era el primer paso de un viaje largo.
Una vez en Algeciras me esperaba una jornada de conducción considerable: 721 kilómetros hasta Madrid. Antes de salir había publicado el trayecto en BlaBlaCar, algo que terminó siendo una decisión acertada. Compartir coche transformó lo que podría haber sido un viaje solitario en una conversación constante que hizo que las horas se hicieran mucho más llevaderas. Llegué a Madrid sobre las siete de la tarde.
Aquella noche me alojé en una Residencia situada en el Puerto de Navacerrada, en plena sierra madrileña. Allí el aire era frío y limpio, muy distinto del que había dejado atrás en el Estrecho.
Mientras cenaba pensaba en lo curioso del itinerario: del mar a la montaña… y al día siguiente al desierto.
 
21 de febrero de 2026
Me desperté a las 08:00 de la mañana. El termómetro marcaba 3 grados y las cumbres cercanas aparecían cubiertas de nieve. El paisaje era hermoso: pinares, montañas blancas y un silencio invernal que contrastaba con lo que sabía que encontraría en los próximos días.
Antes de dirigirme al aeropuerto decidí hacer una pequeña excursión hasta el cercano pueblo de Los Molinos. Allí se encuentra un antiguo sanatorio abandonado que desde hace años atrae a aficionados al URBEX, la exploración de lugares olvidados.
Entrar en aquel edificio fue como penetrar en un fragmento congelado del pasado. Pasillos vacíos, habitaciones en ruinas, ventanas rotas por donde se colaba el aire frío de la sierra. Un lugar perfecto para alimentar la imaginación. Si queréis ver el vídeo que tengo en mi Canal de Youtube, aquí os pongo el enlace: https://www.youtube.com/watch?v=HTmZF8igNrE&t=47s
Después regresé a Madrid y me dirigí al aeropuerto de Barajas. Allí, en Barajas, antes de reunirme con el grupo, comí en un restaurante peruano una hamburguesa de pollo que, aunque algo cara, estaba realmente buena.
A las 15:10 llegué al punto de encuentro, situado cerca del mostrador de Air Algérie, en la Terminal 4. No había duda: aquel era el lugar. Había bastante gente esperando y cada vez llegaban más personas con mochilas, bolsas deportivas y caras de expectación.
En teoría habíamos quedado a las 15:30, pero la realidad fue distinta. La facturación no comenzó hasta las 19:00. La espera se hizo larga.
Mientras aguardábamos, los organizadores comenzaron a repartir entre los pasajeros cajas de ayuda humanitaria. Cada uno debía llevar una parte en su equipaje para evitar problemas de peso en el avión. Era una escena curiosa: corredores, cooperantes y viajeros transformados momentáneamente en improvisados transportistas solidarios.
Finalmente, el avión despegó sobre las 22:00. No era especialmente cómodo y se notaba algo descuidado, pero durante el vuelo nos sirvieron una cena que resultó sorprendentemente buena.
Llegamos a Tindouf sobre la una de la madrugada y a partir de ahí comenzó la tarea logística: recoger maletas, pasar controles policiales, cargar el equipaje en camiones y esperar el autobús.
En el aeropuerto me llamó la atención algo curioso. Había mucha presencia militar y policial, pero nadie puso ningún problema a que grabara vídeo. Cosa aparte, me sorprendió la curiosa escena de la sala de espera: grandes carteles prohibiendo fumar… mientras muchos locales fumaban tranquilamente debajo de ellos.
A las 03:30 por fin subimos al autobús, un bus de línea regular sucio y viejo. Nuestro destino era Smara, uno de los principales campamentos de refugiados. Llegamos sobre las 05:30 de la madrugada. El viaje se hizo largo, incómodo y pesado.
En la Dayra de Echderya, una especie de ayuntamiento de distrito, nos esperaban las familias que nos alojarían en sus casas durante la semana. A mí me tocó compartir jaima con Adriano y Carlos, dos médicos canarios de mi edad. Haríamos muy buenas migas. Nuestra familia anfitriona estaba formada por Haybila y Mohamed, junto a sus seis hijos.
Nada más llegar a casa nos ofrecieron café. No era precisamente lo ideal antes de dormir, pero rechazarlo habría sido una descortesía. Aceptamos. Poco después nos fuimos a dormir completamente agotados. El viaje había sido largo y el sueño, a pesar del café, llegó de inmediato.
 
22 de febrero de 2026
Habíamos llegado a la cama cerca de las seis de la mañana. Sin embargo, a las 09:30 yo ya estaba despierto. Adriano y Carlos seguían durmiendo, así que, para no molestar demasiado, decidí salir al exterior.
Lo que vi fue un golpe de realidad. Las casas eran muy humildes, muchas de ellas simples estructuras de bloques de cemento sin enlucir. La arena lo cubría todo: patios, calles, ventanas, tejados.
Por otro lado, el agua era escasa y las condiciones higiénico-sanitarias preveía que también. Comprendí que durante los próximos días no seríamos simples visitantes. Íbamos a vivir exactamente como vivía la familia que nos acogía.
Saludé a varias personas que encontré por el camino. Algunas me hablaron en español, algo que me sorprendió teniendo en cuenta que nos encontrábamos en pleno desierto argelino. Ello me hizo presuponer que la educación era un pilar básico en la sociedad saharaui. Más tarde lo confirmé.
No me alejé demasiado. Todas las casas se parecían y era fácil desorientarse.
Cuando mis compañeros se despertaron desayunamos y acto seguido salimos a comprar una tarjeta SIM. Desde antes de volar mi mujer no sabía nada de mí y quería llamarla para decirle que todo había ido bien.
La tarjeta con 30 GB de datos costó unos 7 euros, pero comprarla no fue sencillo. Para registrarla fue necesario que Haybila, nuestra madre adoptiva por esta semana, acudiera personalmente con su carnet saharaui. Carlos también quiso comprar una, pero entonces el sistema de activación se cayó. Por suerte Haybila tenía otra sin usar en casa y se la dio. Adriano decidió no complicarse y usaría durante todo el viaje el wifi que yo le compartiría.
A continuación, marchamos de nuevo para la jaima donde nos prepararon la comida. Era abundante y sabrosa, aunque pronto descubrí algo que se convertiría en una constante durante toda la semana: las moscas. Siempre estarían a nuestro lado.
A las 16:00 fuimos al Centro Cultural, situado a unos diez minutos caminando. Tocaba recoger allí la bolsa del corredor. La misma se componía del dorsal, una bufanda tubular y una camiseta serigrafiada con el logo de la prueba deportiva. Había un ambiente festivo y sano. Nos hicimos la foto de rigor con el dorsal e intercambiamos algunas palabras con otros corredores.
Cuando finalizamos, visitamos la casa de la familia de Fátima, amiga de Haybila. Allí se alojaban María, Antxon y otros tres corredores. Cuando llegamos nos ofrecieron té. Mientras lo tomábamos, mantuvimos una conversación larga y agradable. Fátima tenía un hermano viviendo en Jaén que hablaba perfectamente español y que se encontraba de vacaciones en los campamentos, lo que dio pie a una interesante charla sobre la situación política del Sáhara.
Las hijas de Fatima, llamadas Isa y Engía, también hablaban un español excelente y se mostraron muy atentas con nosotros durante todo el viaje. Les estoy muy agradecido por ello. Fueron como nuestras hermanas pequeñas.
Al caer la tarde, los siete corredores salimos a trotar suavemente para activar las piernas antes de la carrera y después del largo viaje.
Por la noche nos duchamos en casa del vecino, llamado Mayub, porque nuestra familia se había quedado sin agua. Después cenamos con seis italianos de una ONG llamada Gdeim Izik, procedentes de Piombino. Entre ellos destacaban Manola y Nina, dos hermanas entrañables con una enorme vocación solidaria. También estaba Halili, un saharaui que, de uno u otro modo, acabaría apareciendo prácticamente cada día durante todos los días que permanecimos en los campamentos. Siempre estaba con los italianos. Era el encargado de custodiar la casa donde estos vivían cada vez que venían a los campamentos.
Aquel fue nuestro primer día completo en el Campamento de Smara. Fue intenso.
 
23 de febrero de 2026
El despertador no hizo falta. A las 07:30 ya estaba en pie.
Tras el desayuno, Carlos y yo salimos a correr. El aire de la mañana aún conservaba cierta frescura, aunque el sol prometía calentar pronto. Corrimos por las calles arenosas del campamento hasta llegar a la escuela preuniversitaria Simón Bolívar.
La puerta estaba abierta y decidimos asomarnos. Allí conocimos a Hamid, el director del centro. Nos explicó que aún era demasiado temprano para visitar las instalaciones, pero aun así conversó un rato con nosotros.
Nos contó algo que me sorprendió: muchos profesores eran cubanos y la escuela había sido financiada en parte por el expresidente venezolano Hugo Chávez. Aquella mezcla de influencias internacionales —Cuba, Venezuela, el Sáhara— ilustraba bien la compleja red de solidaridades que sostiene a los campamentos.
Regresamos a casa, desayunamos de nuevo con la familia y nos dirigimos al Centro Cultural, donde a las 10:00 comenzaban varias charlas.
Primero se habló de la historia del Sáhara Occidental y del conflicto político que mantiene al pueblo saharaui en el exilio. Después se presentaron los detalles de la prueba deportiva.
Entre charla y charla, varios artistas locales de música tradicional animaron la mañana con instrumentos y canciones saharauis. También apareció José, el payaso internacional más conocido como el Enano, que terminaría convirtiéndose en un personaje recurrente durante el viaje. Amenizo la mañana con una grata y graciosa actuación. ‘Papa’ no se lo puso fácil pero estuvo muy hábil para hacernos reir.
Tras las actividades del centro cultural, los médicos canarios —Carlos y Adriano— fueron junto a otros compañeros a visitar al doctor Castro, un médico saharaui que tenía un pequeño dispensario. Yo los acompañé. El doctor nos explicó cómo atendía a niños con necesidades especiales, mostrando con orgullo los escasos medios con los que trabajaba. Aquel lugar era una mezcla de consulta médica, centro social y espacio de esperanza. Durante la visita atendió a varias mujeres saharauis, y allí todos pudimos ver de primera mano las enormes limitaciones sanitarias que existen en los campamentos: falta de medicamentos, equipos escasos y una demanda enorme de atención médica. Antes de marcharnos compré un libro de cocina tradicional saharaui. El dinero se destinaba como donativo para el dispensario.
Después de comer regresamos a las actividades programadas.
A las 16:00 visitamos una escuela local donde se celebraba una pequeña exhibición de boxeo, seguida de una visita a un taller artesanal de cerámica donde trabajaban niños con necesidades especiales. Era admirable ver cómo, incluso en condiciones tan difíciles, se intentaban generar espacios educativos y creativos.
Al final del día, un grupo numeroso nos desplazamos hasta una duna sólida situada en uno de los extremos del campamento se Smara. Desde allí contemplamos una de las puestas de sol más hermosas que recuerdo. El sol descendía lentamente sobre el horizonte plano del desierto, tiñendo el cielo de tonos rojizos y dorados mientras el viento levantaba ligeros remolinos de arena.
Por la noche, Carlos, Adriano y yo, cenamos en casa de los italianos. La cena fue estupenda —como era de esperar— con pasta incluida. Los italianos no perdonaban sus costumbres culinarias ni en medio del desierto.
Regresamos a casa.
Antes de dormir dejé preparado todo para la carrera del día siguiente. Carlos y Adriano correrían la media maratón, pero yo iba a enfrentarme a la prueba reina: los 42 kilómetros. Sabía que tendría que levantarme antes que ellos y no quería hacer ruido.
 
24 de febrero de 2026
A las 06:45 sonó el despertador. Me vestí en silencio, preparé mi mochila y caminé hacia el Centro Cultural, punto de encuentro de los corredores.
Allí desayuné café y galletas mientras conversaba con dos corredores de Zaragoza. Resultó curioso: uno de ellos, Jonathan, acabaría la carrera en quinta posición, apenas dos minutos por delante de mí.
Después del desayuno subimos al autobús que nos llevaría al campamento de El Aaiún, lugar donde comenzaría la maratón. Me senté junto a Joaquín, un funcionario de prisiones de Sevilla. Dos semanas después volvería a coincidir con él en la Carrera Cuna de La Legión que se disputa cada año en Ceuta. El mundo es un pañuelo.
En aquel autobús tuvimos mala suerte: Nos sentamos al lado de una de las ventanas del autobús que estaba rota y durante todo el trayecto nos entró el aire frío matutino del desierto que nos incomodaba un poco.
A las 09:30 llegamos al campamento. El ambiente era emocionante. Banderas saharauis ondeaban y las mujeres del campamento nos animaban con gritos y cantos.
Antes de la salida observé algo que me llamó la atención: mujeres policías vestidas con chilabas de camuflaje y chalecos policiales. Una imagen que simbolizaba perfectamente el papel fundamental de la mujer en la sociedad saharaui.
La carrera comenzó puntual. Pronto me situé en sexta posición, un lugar que mantendría durante toda la prueba. El recorrido atravesaba varios campamentos y zonas abiertas de desierto inmenso.
A mitad de carrera llegamos al campamento de Auserd. Allí había comenzado horas antes la Media Maratón y aún existía algo de ambiente local que nos animaba al paso. Pensaba que la carrera sería una subida constante y uniforme, pero no, el terreno resultó ser una sucesión de altibajos con algún que otro banco de arena blanda.
Me sentía cansado pero fuerte y confiado. Había seguido una estrategia clara: Comer y beber en todos los avituallamientos, tomar sales y geles, y aprovechar la carga de magnesio que había hecho semanas antes. A falta de tres kilómetros comenzaron los amagos de calambres, pero ya estaba demasiado cerca. Apreté los dientes.
Al entrar en Smara, el final de la carrera se volvió caótico. Decenas de niños salían a nuestro encuentro. Muchos pedían cosas: las gafas, la bufanda, cualquier objeto. Algunos incluso intentaban quitarlos mientras corríamos. Y para colmo algunos niños lanzaban piedras. Una de ellas casi me alcanza. En un momento dado me giré y grité enfadado al niño que me lanzó una piedra. El cansancio era extremo. No era momento para bromas.
Crucé la meta con un tiempo de 3 horas y 52 minutos y un ritmo medio de 5:31 min/km. Teniendo en cuenta el terreno, el calor, la sequedad del ambiente y los casi 600 metros de desnivel, estaba muy satisfecho. Para comparar, en el Maratón de Valencia solo había hecho 7-8 minutos menos. Y, a diferencia de esta prueba, aquello era asfalto liso y perfecto.
En total la carrera Maratón la terminaron 46 corredores. Yo había quedado sexto. No estaba mal.
En la meta me esperaba Nina, la italiana. El día anterior le había prestado la bandera de mi ciudad, Melilla. Me la devolvió justo antes de cruzar la línea de meta para que pudiera entrar con ella. Fue un detalle precioso aunque la foto que nos hicieron podía haber estado mejor.
Una vez recuperado el aliento, recogí mi medalla finisher y mi mochila del guardarropa y me dirigí al edificio de protocolo, donde por fin pude disfrutar de una ducha en condiciones. Después, junto a Adriano y Carlos, regresé a casa para comer y descansar.
Por la tarde fuimos a un pequeño mercado local. Quería conseguir algo muy particular: un diente de camello. Había leído que se usaban como amuletos colgantes, aunque los propios saharauis parecían no conocer demasiado esa tradición. Aun así encargué uno en una carnicería.
También visitamos de nuevo la casa de Fátima, donde Engía me regaló una bandera del Sáhara cuando le comenté que quería comprar una. Ese gesto de generosidad me emocionó.
Antes de volver a casa, los médicos tuvieron que atender una urgencia médica relacionada con un corredor, aunque finalmente resultó ser un susto sin importancia. Era un atleta alemán entrado en años que se encontraba muy fatigado después del esfuerzo de correr la maratón.
Una vez reagrupados nuevamente los tres mosqueteros y con la oscuridad de la noche ya encima, regresamos a casa acompañados. Y es que esto nos pasaría en varias ocasiones a lo largo del viaje. De noche, las familias nunca nos dejaban caminar solos por el campamento. Decían que había seguridad pero que solo era por precaución. Y es que en 2011 hubo un secuestro de tres cooperantes en Rabuni, los cuales estuvieron cautivos en el norte de Malí durante nueve meses. Desde entonces la seguridad se toma muy en serio. Aunque, sinceramente, yo nunca percibí ningún peligro real. Solo los coches que conducían como locos.
 
25 de febrero de 2026
Me despierto. Cada vez soy más consciente de los enormes problemas que existen en este lugar. Aquí no hay agua suficiente, no hay una atención médica de calidad, no hay medios, la luz se va continuamente, y la escasez y la pobreza están presentes en casi todo.
Nuestra familia anfitriona me da la sensación de que es de las más humildes. La componen Heybila, de 44 años, y Mohamed, de 55. Tienen seis hijos: Boceina, Mohamed, Said, Hamdi, el travieso Abbu y el pequeño Hussein, que apenas tiene año y medio.
A las 09:30, tras desayunar, estamos puntuales en el Centro Cultural para las visitas del día. Hoy toca desplazarnos a Rabuni, el centro administrativo de los campamentos, donde visitaremos primero el Museo de la Resistencia y después unas instalaciones de la Media Luna Roja Saharaui donde almacenan ayuda humanitaria internacional.
La visita al museo me resultó apasionante. El segundo lugar, en cambio, fue algo más aburrido.
Al final se nos echó el tiempo encima. Estaba prevista también una visita al hospital, pero no se pudo realizar. Me quedé con las ganas. Eran fechas complicadas por el Ramadán y la vida en los campamentos estaba más ralentizada de lo habitual.
Carlos y Adriano sí que fueron al hospital porque tenían una reunión con el ministro de Sanidad para organizar futuros viajes de voluntariado.
Ya de vuelta en Smara, nos reunimos en casa para comer en nuestra jaima. Fue entonces cuando empecé a percibir como algo molesto y asqueroso una cosa a la que no había dado mucha importancia: la enorme cantidad de moscas que lo invadían todo.
Como digo, hasta entonces no les había prestado demasiada atención, pero ya empezaban a resultar realmente molestas. Había muchísimas y se posaba encima de los cubiertos y los alimentos. En un momento dado, mientras tomaba café, me llevé una a la boca sin darme cuenta. Pensé que era un grumo, pero cuando la mordí comprendí inmediatamente lo que era. La saqué de la boca asqueado y tuve que hacer un gran esfuerzo para no vomitar.
Por la tarde, después de una breve siesta, salí a correr con Antxon, Adriano y Carlos. Hicimos unos 6 kilómetros a ritmo muy suave. Como anécdota graciosa, destacar que al principio de la carrera se nos unieron una multitud de niños que sin zapatillas nos siguieron el ritmo durante al menos un kilómetro. De admirar lo de estos chicos.
Por la noche Adriano y yo cenamos con los italianos. Mientras tanto, Carlos había decidido quedarse con María y Antxon y su correspondiente familia de acogida, ya que querían salir a las afueras del campamento para hacer pan enterrándolo en la arena caliente.
Ya de noche, al regresar a nuestra jaima, observé una cucaracha en la rendija de la puerta. Era pequeña. La primera que veía. Y no sería la última.
Empecé a encontrarme algo mal. Me sentía cansado. Tenía la sensación de que estaba empezando a enfermar.
 
26 de febrero de 2026
Paso una mala noche. De madrugada tengo que levantarme de golpe para ir al baño. Tengo diarrea y fuertes retortijones. Algo me ha debido sentar mal. No sé si fue la cena de anoche o algo que ya llevaba incubando desde días atrás. Pudo haber sido el agua, la fruta de los avituallamientos, alguna ensalada… no lo sé.
A las 08:00 de la mañana me voy de ‘bareta’ otra vez. Qué putada… Me duele la barriga.
Vuelvo a pensar en las condiciones en las que estamos viviendo aquí. Son malas. Las comodidades del mundo occidental y todas sus garantías aquí simplemente no existen. Soy consciente de lo vulnerable que es el ser humano cuando lo sacas del mundo civilizado, especialmente los occidentales como yo, que vivimos dentro de ese estado de bienestar que hemos construido.
Las moscas me repugnan cada vez más. Están por todas partes. Por primera vez en todo el viaje, tengo ganas de volver a España.
Vuelvo a tumbarme en mi colchón. Las cabras balan, como hacen todas las mañanas. El primer día me sorprendió mucho aquel sonido, pero ahora, mientras estoy enfermo y bastante ensimismado en mí mismo, vuelve a resonar con claridad. Adriano me da un paracetamol, que tomo esperando al menos calmar el dolor de cabeza que empiezo a sentir.
No quiero perder el día así que saco fuerzas y marcho junto con Adriano al Centro Cultural para las visitas organizadas de hoy. Carlos se queda en casa; se unirá más tarde. También ha comentado que se encuentra algo raro.
Llegamos tarde al Centro Cultural y el autobús ya se ha marchado, pero siempre hay alguien de la organización dispuesto a resolver estas situaciones. Nos acercan hasta el punto donde están el resto de corredores en un 4x4 que han adaptado para transportar hasta once personas en cada viaje. Me llama bastante la atención.
La visita de hoy consiste en conocer una escuela y un pequeño hospital especializado en nacimientos, todo dentro del campamento de Smara.
Resulta interesante observar cómo educan a los niños y cómo trabajan en el ámbito sanitario con los medios que tienen. Todo transcurre con tranquilidad, aunque poco a poco empieza a levantarse un viento incómodo.
Desde la escuela salimos en grupo para visitar uno de los proyectos más interesantes que existen actualmente en los campamentos: Nomad Garden.
Este proyecto intenta desarrollar agricultura sostenible en pleno desierto, algo que a priori parece casi imposible. En una región como el Sáhara, donde la tierra es árida, el agua escasea y las temperaturas son extremas, cultivar alimentos se convierte en un desafío enorme. Sin embargo, gracias a técnicas de agricultura regenerativa y sistemas de riego muy controlados, han conseguido levantar pequeñas parcelas productivas. Nos explican cómo funcionan los sistemas de compostaje, las técnicas de recuperación de suelo y la importancia de reducir la dependencia de la ayuda humanitaria. Para un pueblo que lleva décadas viviendo en campamentos de refugiados, cualquier iniciativa que aporte autonomía alimentaria es un paso enorme. La visita resulta muy interesante. Aun así, durante todo el recorrido sigo notándome cada vez más cansado.
Una vez finalizadas las visitas regresamos al Centro Cultural, donde se celebra la entrega de premios del Sáhara Marathon. No hay categorías. Solo se premia a los tres primeros de cada modalidad. Si hubiera habido clasificaciones por categorías, seguramente habría quedado en pódium en la mía.
María, la médica, queda segunda en categoría femenina en la media maratón. Adriano queda tercero masculino también en la media maratón. Y Estivella, amiga de Joaquín con la que tuve ocasión de compartir algunos ratos durante el viaje, queda segunda femenina en la distancia reina.
Los campeones masculinos de la maratón terminan la prueba con tiempos de 3 horas y 20, 21 y 22 minutos respectivamente.
Una vez finalizada la entrega de premios me acerco a un pequeño mercado de artesanía situado en el propio Centro Cultural para comprar algunos suvenires. Los precios no son baratos, aunque para un occidental siguen siendo aceptables. No quise regatear. Estando donde estamos me parecía impropio regatear con un pueblo refugiado que vive en gran parte de la ayuda internacional. Sin embargo, sí me enfadé cuando en dos puestos distintos intentaron engañarme. Me dijeron un precio en euros y cuando pagué en dinares argelinos —un euro son aproximadamente 250 dinares— me di cuenta de que me habían dado menos dinero del que correspondía en el cambio. Cuando se lo señalé, se hicieron un poco los tontos, pero finalmente me devolvieron lo que faltaba. Si hubiera pasado una sola vez habría pensado que fue casualidad, pero al ocurrir dos veces, y viendo la actitud, me dio la sensación de que no era azar sino pura picardía. Me pareció un gesto feo hacia alguien que está colaborando y solidarizándose con su causa. Aun así, prefiero pensar que fue un gesto egoísta aislado provocado por la necesidad.
Al salir del mercado me dirijo al Edificio de Protocolo, donde a través de la organización compro una camiseta conmemorativa de la carrera y una bufanda tubular para regalar a mi mujer. Los 25 euros que cuestan estos productos se destinan como donativo al pueblo saharaui.
En el edificio me encuentro con Halili y el grupo de italianos, que me ofrecen llevarme a casa en su todoterreno 4x4 de once plazas, ya que el viento es muy incómodo para ir caminando. Acepto la oferta.
Ya en casa vuelvo a tumbarme en mi colchón. Continúo con molestias estomacales y sensación de malestar general. Sigo teniendo diarrea y eructos con mal olor. No como nada. Tampoco tengo hambre, y eso que esta mañana tampoco desayuné.
Adriano y Carlos, que después de la entrega de premios tuvieron que marcharse por motivos médicos, regresan a casa hacia las 15:00 junto con María. Ellos sí comen. Carlos empieza también a encontrarse algo mal.
Después de comer nos echamos una siesta. El cuerpo me la pedía.
Paso toda la tarde en casa junto a Carlos, esperando que el descanso nos haga mejorar. Adriano se marcha con María.
A través de la ventana observo el cielo anaranjado. La tormenta de arena que se ha levantado es impresionante. La arena entra por todas partes. Nuestra habitación no es estanca y el viento la hace colarse por las ranuras imperfectas de las ventanas de madera. Qué difícil debe de ser vivir en un lugar así, aunque Mohamed, nuestro anfitrión, diga que uno termina acostumbrándose.
Esta tarde teníamos previsto ir a ver unas dunas, pero la actividad se suspende por el fuerte viento.
Mientras estoy tumbado aparece, como otras muchas veces, Abbu en nuestra habitación buscando alguien con quien jugar. Lástima que yo no esté para esos trotes ahora mismo. Me señala la pared y dice algo parecido a “cucracho”. Me acerco y observo una cucaracha de tamaño mediano subiendo hacia el techo. Qué asco. Siempre me han dado mucho asco estos insectos, pero aquí ya estoy prácticamente curado de espanto. Cojo una chancla y la golpeo. La cucaracha cae al suelo. No sé si sigue viva. Tampoco tengo ganas ni fuerzas para comprobarlo.
Esa noche para cenar, Carlos y yo comemos algo de arroz. Llevaba todo el día sin comer y ya tocaba meterle al cuerpo algo sólido a ver si aguantaba y a la vez me levantaba un poco el ánimo.

27 de febrero de 2026
Parece que estoy algo mejor. A lo largo del día esa mejoría se irá haciendo más evidente. Como digo, la noche la he pasado mejor que la anterior, aunque eso no ha evitado que tuviera que levantarme en dos ocasiones con diarrea. Carlos tampoco ha tenido muy buen descanso; en un momento dado se despertó y terminó vomitando en pleno patio de la casa.
Como me encuentro algo más recuperado, decido desayunar algo más consistente. Tomo yogur, galletas y algo de pan. El cuerpo parece empezar a responder. También ayudó que uno de los italianos, que también era médico, nos dio a Carlos y a mí un probiótico. Seguramente algo positivo hizo en mi flora intestinal.
A las 10:30 horas tenemos una reunión en el Edificio de Protocolo con la organización del Sáhara Marathon. El objetivo es realizar una especie de evaluación crítica constructiva para mejorar futuras ediciones de la carrera.
Sin embargo, algunos participantes estuvieron poco acertados y pareció que ponían más énfasis en los aspectos negativos que en los positivos. Se generó un poco de polémica y algunos corredores les increparon. Los ánimos se tensaron pero la sangre no llegó al río.
A mi parecer, pienso que está bien proponer mejoras, por supuesto, pero creo que hay que hacerlo comenzando siempre con palabras de agradecimiento. Como dice el refrán: ‘es de bien nacido ser agradecido’. Y más en un lugar tan necesitado como este.
En mi opinión, la organización hizo un trabajo muy bueno. Las apariencias engañan y, aunque en algunos momentos pueda parecer que hay cierto descontrol, la realidad es que detrás de todo lo que se ve hay un enorme trabajo logístico. Han demostrado ser grandes profesionales.
Cuando termina la reunión salgo junto con María, Carlos e Isa —una de las anfitrionas de María— hacia el mercado para comprar comida para la cena. La idea era organizar una cena conjunta entre las dos familias que nos habían acogido: la casa de Mohamed y Heybila, donde nos alojábamos nosotros, y la casa de Engía, Isa y Fátima, donde se alojaba María. Por supuesto, nosotros pagábamos la comida. El acuerdo fue de 2000 dinares por persona. Ellos se encargarían de cocinarlo todo.
Una vez hechas las compras, Carlos y yo regresamos a casa, donde comemos juntos algo sencillo que no nos haga empeorar. Adriano se une más tarde, porque —para variar— había estado ocupado atendiendo asuntos médicos. No paraba de atender asuntos relacionados con su especialidad.
Finalizada la comida descansamos un rato e hicimos tiempo hasta la cena. Después de la siesta, fuimos a casa de los italianos, ya que aquella noche supuestamente se marchaban de vuelta. Digo supuestamente porque, al final, su salida también se retrasaría casi dos días debido al mal tiempo. Pasamos un buen rato con ellos tomando café y conversando tranquilamente. De verdad que les estoy muy agradecido por su agradable trato. No nos conocían de nada y sin embargo, fueron super amables.
Al regresar a casa, antes de la cena y mientras ya estaban preparando la comida, Mohamed nos hizo un regalo muy especial. A cada uno nos entregó un llavero, una muñequera con la bandera saharaui y una preciosa chilaba. Nos la pusimos inmediatamente. Nos miramos unos a otros, nos reímos y nos hicimos varias fotos. Durante la cena también las llevábamos puestas, como si fuéramos auténticos sultanes del desierto.
Ese día seguía haciendo mucho viento. De hecho, también se suspendió otra actividad prevista para las 17:00 horas: la carrera de niños. Tampoco pudo celebrarse el desfile nacional, un evento muy importante que conmemora el aniversario de la proclamación de la República Árabe Saharaui Democrática. Fue una gran pérdida perderse semejante acto.
A media tarde, salgo un momento fuera y cojo un poco de arena para llevármela a España, con la intención de guardarla en una pequeña botella. Es una de esas manías que tengo cuando viajo a lugares especiales. En esta ocasión, sin embargo, no llegará a su destino. Más adelante, junto con los dientes de camello y una piedra, me será incautada en el control al salir de Argelia.
También aprovecho para hacer una videollamada con mi mujer, y enseñarle la casa y parte del campamento.
Antes de cenar tengo además la oportunidad de charlar un buen rato con Isa sobre la situación política del Sáhara Occidental. Mientras me explica la historia, va dibujando mapas en un folio para ayudarme a entender mejor el contexto. Ese folio se lo quedó Carlos como recuerdo.
Isa me comenta algo que ya había escuchado en otras ocasiones: que ellos —refiriéndose al Frente Polisario— también cometieron errores en el pasado. Según me explicó, muchos saharauis hubieran preferido mil veces que España se hubiera quedado en el territorio antes que la ocupación posterior por parte de Marruecos.
Finalmente llega la hora de la cena. Nos reunimos todos en la jaima principal de la casa de Mohamed y Heybila. Pasamos unas horas realmente agradables, llenas de conversación, risas y buen ambiente.
En mitad de la velada ocurre algo inesperado: Heybila aparece disfrazada del demonio del desierto, o como ellos lo llaman, “goum”. Era una forma divertida de celebrar el cumpleaños del joven Antxon, que ese día cumplía 24 años. Le regalaron una bufanda con el lema “Sáhara Libre”, y se le veía realmente contento. Desde luego, no todos los días se celebra un cumpleaños en medio del desierto saharaui.
María también tuvo un detalle con todos nosotros y nos regaló un llavero saharaui a cada uno. En mi caso era ya el tercero, porque Mohamed nos había regalado uno esa misma tarde y yo también había comprado otro por la mañana en el mercado de artesanía.
La cena fue excelente. Hubo muchísima comida y bastante variedad: pinchos de carne de camello, jarera, empanadas, arroz, tortilla de patatas, guisos…
En un momento dado voy al baño y, como tantas otras veces, se va la luz. De hecho, durante gran parte de la cena estuvimos iluminándonos con linternas y velas. Me doy cuenta además de que cuando no hay electricidad la bomba que impulsa el agua desde los depósitos hasta el grifo deja de funcionar, así que tampoco hay agua corriente.
Miro hacia el cielo. Llueve arena y sigue soplando el viento. Que día más completo, pienso.
Cuando ya termina la velada recogemos la mesa y nos retiramos a descansar. Había sido un día largo e intenso. Al día siguiente nos marchábamos a España. O al menos eso creíamos.
 
28 de febrero de 2026
Amanece con fuerte viento. Me desvelo a las 06:00 de la mañana y ya no logro volver a conciliar el sueño. Nos enteramos de que los italianos, que tenían previsto marcharse ayer por la noche, tuvieron que abortar misión porque su vuelo no salió debido al mal tiempo.
Empiezo a preocuparme. Tengo ganas de volver ya, pero la cosa pinta mal.
Hago la maleta, desayuno junto a Adriano y Carlos, y charlamos un rato con Mohamed. Esta mañana no está preparando té, pero por las tardes ha sido muy habitual verlo en la jaima grande, preparando una tetera tras otra mientras conversamos tranquilamente con él.
Para los saharauis el té es casi un ritual sagrado. Ellos mismos lo explican con una frase que repiten a menudo: “El primer té es amargo como la vida, el segundo dulce como el amor y el tercero suave como la muerte.”
A las 11:00 horas finalmente se celebra la carrera de niños, que había sido suspendida el día anterior por el viento. Nos acercamos al descampado situado frente al Centro Cultural, donde los pequeños participan en la versión infantil del Sáhara Marathon.
Es una carrera simbólica. Apenas recorren unos metros, pero el entusiasmo con el que participan lo compensa todo. El premio también es simbólico: una camiseta, una bufanda tubular y una mochila para cada niño. Están felices.
Después de ver la carrera infantil, los médicos tienen que marcharse de nuevo a atender sus asuntos. Yo me dirijo junto a otros corredores al mercado local para comprar algunos recuerdos que tenía pendientes.
Al final me entretengo más de la cuenta en varias tiendas. Compro hierbas aromáticas y también un pequeño cuenco de artesanía. Cuando me doy cuenta, me he quedado solo. Los demás se han marchado sin esperarme.
Emprendo el camino de vuelta a casa y, por casualidad, me encuentro con Antxon. Le comento que había quedado con Carlos y Adriano en el Edificio de Protocolo para ver si podíamos visitar la biblioteca. Decide acompañarme.
Una vez en protocolo hacemos gestiones para conseguir la llave de la biblioteca, pero resulta imposible. Poco después llegan Carlos y Adriano y lo intentan de nuevo, con el mismo resultado. Finalmente desistimos.
Durante la espera en Protocolo, aprovecho para echar un vistazo a unos libros que tenían a la venta. No tenían un precio fijo; simplemente dabas la voluntad. Entre todos ellos encuentro una auténtica joya: un ejemplar conmemorativo de la edición número 42 del Sáhara Marathon. Un pequeño tesoro escondido entre otros libros más corrientes. Lo compraría allí mismo y lo devoraría en los días siguientes. No pude estar más acertado con aquella elección.
Mientras estamos en el edificio de protocolo surge un momento de inquietud. Un saharaui nos comenta que Argelia está cerrando aeropuertos porque, según él, Estados Unidos ha comenzado a bombardear Irán. Lo que nos faltaba…
La posibilidad de quedarnos aquí más tiempo empieza a rondarnos por la cabeza. Por suerte, no sabemos de dónde sacó aquella información, pero no era cierta o, al menos, no nos afectó a nosotros. Nuestra cancelación del vuelo se debía simplemente al mal tiempo. Y lo cierto es que el viento soplaba con mucha fuerza.
Regresamos a casa y allí comemos. Creíamos que sería nuestra última comida en el campamento, pero no iba a ser así.
A las 17:30 horas nos citan en la puerta de la Dayra, el mismo lugar donde una semana antes nos había dejado el bus y donde nuestras familias nos recogieron al llegar. Ahora, con cierta pena, nos separaríamos de ellas en ese mismo punto.
Antes de abandonar la casa, entre los tres reunimos una generosa propina que entregamos a la familia. Con ese dinero, seguramente los próximos meses serían algo más llevaderos para ellos.
Tras las despedidas —sinceras, agradecidas y también algo tristes— nos subimos al autobús.
Salimos, como casi siempre ocurría, bastante tiempo después de la hora prevista. Tras aproximadamente una hora de conducción bastante complicada, con poca visibilidad y el viento soplando con fuerza, llegamos al check point donde la policía argelina releva a la escolta del Frente Polisario. Allí permanecemos cerca de una hora.
Finalmente nos comunican lo que ya temíamos: no está saliendo ningún vuelo y tendremos que regresar de nuevo al campamento. Las condiciones meteorológicas lo hacían bastante previsible, así que no queda otra que resignarse y aceptar que tendremos que pasar al menos otra noche más aquí.
Mientras regresamos al campamento aviso a Mohamed por teléfono. Cuando llegamos a la casa, algo más de una hora después, nos reciben nuevamente con enorme calidez. Cenamos juntos y Bozaina y sus amigas nos regalan a cada uno un velo para cubrirnos la cara. Con aquellas telas y nuestras chilabas parecíamos auténticos tuaregs del desierto. Nos hicimos algunas fotos y nos reímos un buen rato antes de irnos a dormir.
Por cierto, cuando ya estábamos tranquilos apareció el señor Halili, el guía de los italianos, para hablar con nosotros. La verdad es que el hombre no parecía mala persona, pero era, en el buen sentido, un pelín pesado. Se pasaba continuamente por nuestra habitación sin ningún motivo concreto. Nos ocurrió varias veces durante el viaje y nosotros terminábamos riéndonos en silencio.
A estas alturas también habíamos podido comprobar algo curioso: el canon de belleza aquí es bastante diferente al nuestro. Las mujeres se sienten bellas siendo más bien rellenitas, por lo que es difícil encontrar alguna delgada. Muchas tienen algunos kilos de más y lo lucen con orgullo. El propio Halili, durante una cena con los italianos, nos confirmó que a él le gustaban gorditas. María y yo nos miramos con complicidad. Entre risas me dijo que se sentía a salvo, porque ella no estaba gordita.
Por otra parte, también recordé algo que los médicos habían comentado en varias ocasiones: el consumo de azúcar aquí es altísimo. Beben, entre otros, muchísimo té muy azucarado, y eso, unido al hecho de que muchas personas tienen algo de sobrepeso —especialmente las mujeres— explicaba algunos de los problemas médicos que habían observado durante su trabajo en el campamento.
Nos acostamos. Había sido otro día largo y lleno de imprevistos. Y aunque ya deberíamos estar camino de casa, el desierto todavía no había terminado con nosotros.
 
1 de marzo de 2026
El día de la marmota. No deberíamos estar aquí… pero aquí estamos.
Me despierto a las 07:00 de la mañana. Me duele la cabeza y también la garganta. Sigo teniendo bastantes gases y, aunque la diarrea ha mejorado algo, todavía no ha desaparecido del todo. Voy al baño y lo confirmo. Regreso al dormitorio y vuelvo a acostarme un rato más.
A las 10:00 nos levantamos los tres y desayunamos algo. Nos enteramos de que los italianos aún no se han ido. Han intentado otro vuelo, pero también ha resultado infructuoso. Los aviones siguen sin salir.
A media mañana nos visitan Manola y Halili. A Manola se la ve cansada. Llevan ya tres semanas aquí y, como es lógico, tienen muchas ganas de volver y reencontrarse con sus respectivas familias en Italia.
Empiezo a darme cuenta de que las provisiones comienzan a escasear. La organización paga a cada familia 35 euros por persona y semana, lo que significa que nuestra familia ha recibido 105 euros por nosotros tres. Además, les entregan dos botellas de agua por persona y día. En total, durante nuestra estancia, eso ha supuesto 42 botellas.
El problema es que hoy no deberíamos estar aquí. Las botellas de agua ya se han terminado y también he notado que las comidas han ido de más a menos desde que llegamos hasta el momento en el que en teoría debíamos partir. Eso me hace confirmar que nuestra familia es bastante humilde y que subsisten como pueden con lo que tienen. No debe de haber sido fácil mantenernos a los tres durante toda una semana. Por suerte —por gratitud y por justicia— nosotros hemos complementado un poco la cantidad que recibieron de la organización.
Otro recurso que también empieza a escasear es el papel higiénico. Nosotros, los occidentales, lo utilizamos muchísimo, pero ellos no tanto. Aquí es un bien prescindible.
A media mañana María, Adriano y yo salimos a correr. Carlos hizo el amago pero finalmente decide quedarse en casa con los niños. Hoy hacemos 10 kilómetros. No está nada mal. Además, tenemos suerte porque pasamos por delante de la biblioteca, y esta vez está abierta. Entramos rápidamente. Era prácticamente la hora de cerrar, pero la chica que la gestionaba tuvo el detalle de enseñárnosla.
Cuando regresamos a casa me pongo a estirar. Para mi sorpresa, algunos niños comienzan a imitarme, así que aquello termina convirtiéndose en una clase improvisada de estiramientos donde yo hago de profesor. Al inicio de la mañana, Carlos y María, antes de salir a correr, también habían hecho algo parecido con los niños: un calentamiento bastante profesional que quedó inmortalizado con el ojo de mi cámara de acción DJI Osmo Action 4.
Después de estirar terminamos jugando un partido de fútbol improvisado. Durante el juego, uno de los niños se fija en la cruz que llevo colgada al cuello como collar. Me sorprende el gesto de desprecio que hace hacia ella. Es un signo de intolerancia que refleja cómo, en algunos contextos, el islam está por encima de cualquier otra religión. Intento explicarle con paciencia y buenas palabras que todas las religiones son buenas y que, al final, todos creemos en el mismo Dios. Parece que logro convencerlo al menos un poco. Al final acepta darme la mano en señal de paz.
Para comer nos dirigimos a casa de Fátima, Engía e Isa. Allí disfrutamos de una comida muy agradable.
Después de comer seguimos conversando un buen rato sobre distintos temas. Hay uno en concreto que merece mención. Mientras explico a Isa dónde están las Islas Canarias, le comento que las islas —igual que Ceuta y Melilla— están en el continente africano, pero pertenecen a España. En ese momento uno de los allí presente, interviene diciendo:
—“Bueno, bueno… yo soy independentista…”
Un comentario que, a mi juicio, estaba totalmente fuera de lugar. Como si en España no tuviéramos ya bastante con los debates territoriales de vascos y catalanes. Me pareció un comentario totalmente innecesario en aquel contexto.
Dejando ese momento aparte, durante la charla Isa me enseña cómo se prepara el té al estilo saharaui, con todo su ritual.
Más tarde regresamos a casa a esperar noticias sobre el posible traslado al aeropuerto.
Finalmente, sobre las 18:00 horas, nos comunican que debemos presentarnos a las 22:30 en la Dayra.
Pasamos la tarde haciendo tiempo en la casa: preparando la maleta, jugando con los niños —que ya habían cogido bastante confianza— y charlando con Mohamed mientras tomábamos té en la jaima. Durante esa conversación aprendí algo curioso. Las piedras lisas que había visto en varias habitaciones de la casa —y cuyo uso desconocía— se utilizan para frotarse las manos antes de rezar. En lugares como el desierto, donde el agua escasea, el gesto simbólico de purificación puede hacerse con una piedra o incluso con la propia arena. Con razón aquellas piedras estaban tan pulidas y lisas.
Para cenar apenas había gran cosa, y además yo ya había desarrollado cierto rechazo hacia la comida en los últimos días, principalmente por culpa de las moscas. Así que me limito a comer dos yogures con avena.
Mientras estoy sentado junto a la puerta del patio veo otra cucaracha. Era pequeña, pero era la tercera que veía durante mi estancia en la casa. Y no sería la última, porque en el aeropuerto vería otra caminando tranquilamente por una columna de la sala de embarque.
Cuando llega la hora nos despedimos por segunda vez de la familia. Esta vez sí, sabíamos que sería la despedida definitiva.
Salimos hacia el aeropuerto —como era habitual— una hora o más tarde de lo previsto, en varios autobuses. Sobre la media noche. Tras una hora y media de trayecto, esta vez sin incidencias, llegamos al aeropuerto de Tinduf, en Argelia.
Recogemos nuestras maletas —que habían sido transportadas previamente en camiones, igual que en el viaje de ida— y nos disponemos a entrar.
Nada más entrar en el aeropuerto hay un control policial donde me incautan la arena, los dientes de camello y una piedra que había recogido en el desierto. Me disgusté un poco pero bueno… tampoco fue un gran contratiempo. Me resigné y continué.
Aprecié que no era el único que tenía ganas de volver a España. Los dos últimos días de mal tiempo, sumados a la incertidumbre constante de no saber si podríamos marcharnos o no, habían hecho mella en la gente. Muchas caras ya no eran las mismas que al inicio del viaje. Hubo incluso una anécdota bastante curiosa: después de tantos días sin espejos ni posibilidad de depilarse, en algunas mujeres empezaba a hacerse visible el bigote. Era algo que comentábamos entre risas.
Después de facturar la maleta principal y recoger la tarjeta de embarque pasamos un segundo control de seguridad. Allí se fijan en mi cámara y en las baterías tipo powerbank que llevaba. Me preguntan qué son, se lo explico y me dejan pasar pero no sin mucho convencimiento. ¿Qué habrán visto en aquella batería? Sin embargo, para mi sorpresa, y a diferencia de otros aeropuertos, dejaban pasar el agua sin problema.
Ya en la sala de embarque observo un avión de la fuerza aérea argelina estacionado en la pista. Era grande y me llamó bastante la atención. Tenía cuatro turbinas.
Mientras esperamos el embarque aprovecho para leer el libro que compré en el edificio de protocolo, aquel ejemplar sobre el Sáhara Marathon que había encontrado casi por casualidad. Molaba mucho. Estaba leyendo y reviviendo todo lo que había vivido en esta semana.
Finalmente embarcamos a las 03:00 de la madrugada y a las 03:30 despegamos.
El avión es un Boeing 737. A diferencia del que nos trajo a la ida, este está mucho más limpio y parece incluso más espacioso. La compañía es la misma: Air Algérie.
Antes de despegar se produce un pequeño altercado con varios viajeros sentados en la parte trasera del avión. Gritaban enfadados diciendo que la organización era una mierda porque habían venido cuatro personas y regresaban solo tres. Más tarde Brahim, uno de los organizadores, nos explicó lo ocurrido: el novio de una de las chicas era saharaui y no había podido volar porque había tenido problemas con la policía argelina por cuestiones aduaneras.
Durante el vuelo nos sirven un desayuno, y dos horas y media después de despegar aterrizamos en Aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas. El viaje se me hizo rápido y apenas conseguí dormir un poco.
Cuando llego al aeropuerto de Madrid me impresiona la inmensidad de las instalaciones. Aterrizamos en la Terminal T4S, desde donde tenemos que tomar un tren hasta la T4, recoger las maletas y después un autobús hasta la T3, donde tenía aparcado mi coche.
Tras despedirme de Carlos y Adriano, Antxon me acompaña. Vive en Madrid y le acerco a su casa, ya que me pilla de camino hacia el sur.
El viaje de regreso se me hace pesado. Son muchas horas de conducción, muchos kilómetros por delante y, además, estoy resfriado y con muchos mocos. El sueño se convierte en mi enemigo, pero a base de café logro mantenerme despierto.
Salgo de Madrid alrededor de las 07:00 de la mañana, pero no llego a Algeciras hasta las 15:35. Justo a tiempo para coger el ferry que cruza el Estrecho y regresar de nuevo a la ciudad española de Ceuta, situada en el Norte de África, donde vivo.
Finalmente llego a casa a las 17:30. Estoy muy cansado, pero tengo el alma llena. Muy feliz de volver… y muy feliz de haber vivido esta experiencia. Sin embargo, todavía me esperaba una última sorpresa desagradable.
Cuando intento abrir la maleta descubro que han intentado forzarme el candado, rompiendo el bombín e impidiendo que la llave entre. Tengo que romperlo con unas cizallas para poder abrirla. Al hacerlo compruebo que no falta nada ni hay nada roto, pero el interior parece como si hubieran estado boxeando con ella. No sé si fue la propia policía argelina o el personal que transporta el equipaje. En cualquier caso… menuda manera de tratar las maletas.
 
Reflexión final
Mientras el avión gana altura pienso en todo lo vivido durante estos días.
El Sáhara Maratón es mucho más que una carrera.
Correr 42 kilómetros en el desierto es una experiencia física exigente, sí. Pero lo verdaderamente importante del viaje no está en el cronómetro ni en la clasificación —aunque mi sexto puesto con 3h52 y ritmo de 5:31/km fue un resultado del que me siento muy orgulloso—.
Lo verdaderamente importante es todo lo que ocurre alrededor de la carrera .
Las conversaciones.
Las visitas a escuelas y dispensarios médicos.
Las charlas sobre historia.
Las tormentas de arena.
Las moscas, las duchas improvisadas y las noches de viento.
Pero sobre todo, las personas .
Las familias saharauis que llevan décadas viviendo en campamentos de refugiados desde que España abandonó el territorio en 1975 y el conflicto por el Sáhara Occidental quedó sin resolver tras la Marcha Verde .
A pesar de las dificultades —la escasez de agua, la falta de recursos médicos, los cortes de electricidad— mantiene una hospitalidad extraordinaria .
Siempre hay té. Siempre hay una sonrisa. Y siempre hay alguien dispuesto a compartir lo poco que tiene.
Cuando el avión finalmente pone rumbo a España tengo la sensación de haber participado en algo mucho más grande que una carrera. Ha sido una lección de vida en medio del desierto.
Muchas gracias a todos los que lo han hecho posible.

 


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